La primera en la punta de flecha

Soy el ánade real, la primera en la punta de flecha,
la que nunca se distrae, nunca descansa, nunca toma tierra.
En suspensión duermo en el cielo. Avanzando en flotación, cresteando el ribete nebuloso
sin perturbaciones ni alarmas,
ni deseos ni miserias inútiles
ni caídas ni remontadas
me concentro en un único horizonte: la bola del sol.
Si me han elegido, es porque recuerdo el mapa de los vientos y la ruta de los camarones.
Sólo necesito dos puntos para trazar una línea recta. Un punto está en el sol,
el otro en el centro de mi cabeza. Calculo la desviación angular y no me caigo.
Emigramos en forma de V.
En la posición de cabeza es donde más cuesta avanzar.
Un día me impulsé al cielo y todos me siguieron.
Dejé de buscar pequeños crustáceos en las marismas y me enfrenté al destino: el Puede que Allá.
Dentro de mi corazón siempre está amaneciendo.
Yo guardo la música del sol y le despierto. Con un movimiento de mis alas,
soplo las estrellas.
Mi sabiduría es una incógnita para el mundo.
Soy la que entiende la diferencia entre iluminación y luminosidad.
Una cosa es la luz y otra cosa es el sol, y su conexión no siempre es necesaria
porque hay pasiones que también foguean bajo del arco de las vértebras.
Y sé guiarme en ese límite, en esa raya de alba. Tengo un imán en el centro de la cabeza.
Mi alma siempre va un dedo por delante de mí y por mí espera.
Soy tan rápido como mi pensamiento, formulo la respuesta antes que la pregunta.
Tengo un borde de lágrimas en los ojos que no llega a formarse ni a desprenderse.
La corriente pasa a través de mi cuerpo y genera en los extremos de mi cola dos anillos concéntricos.
En la primera de las plumas de mi frente, el viento hace un remolino y su punta siempre está fría.
No me perderé. El sol arde sobre mí y en el centro de mi frente surge una brújula floral.
El filo de las cordilleras, el panal de los campos en celdas, el xilófono del viento en las cuevas.
Y las vías invisibles del cielo, creadas por el gong de un martillo en la gran campana de la creación
que todavía hoy reverbera, eso me guía.
Los que están agotados, caen al disco terrestre sin reconocimiento.
Héroe es el que toca el sol con la punta de las plumas remeras y no se funde con él.
Pero yo se controlar, no llegar a más. Mi resistencia al cansancio
hace contener la respiración a generaciones de ánades.
Siempre creo que en un reino lejano estaré más vivo y los marisquillos serán más abundantes.
Por eso apenas me alimento. Quiero atravesar el horizonte con una idea penetrante.
Nada me distrae de mi destino: elevarme, planear
en el viento. Sólo miro a la bola del sol, y a la bola persigo,
desde que amanece hasta que se pone. Sueño con la bola del sol,
canto a la bola del sol, adoro a la bola del sol.

Nada interrumpió nunca mi afán, hasta la latitud 45º N, longitud 6º W
donde un destello de nácar de perla entró en mi pupila y me turbó.

Desde el abismo me lanzo al agua. Me tiro de cabeza al mar.
Abro el pico. La flecha de un pez atraviesa mi garganta.

 

De La perla de la poesía, Ediciones el que no duerme, 2017.

birds flying over body of water during golden hour
Photo by Johannes Plenio on Pexels.com

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