Anatomía sin pasar por guerra

Mi cráneo es una copa sin esquirla rota por el borde.
Mi tronco una roca no cuarteada por el hielo.
Mi espalda una pátina sin mácula.
Mis piernas dos lanzas sin torcer.
No tengo cornada, grieta, cicatriz de machete.
No me han clavado la daga mortífera de Alejandro.
La espada de Damocles no me ha cercenado el cuello.
Ningún dardo me han asentado en la coronilla.
No he sido repasada con el filo de una gumía
marcada con una tea ardiente o rebanada por puñal.
No me han rapado la cabellera con cuchilla de barbero.
No está en mi brazo el tatuaje de Simbad, el punto de Buda,
el símbolo vikingo de la runa Inguz o del “Nuevo Comienzo”
ni me han tallado la estrella de David en el hueco poplíteo.
No llevo el pez de los cristianos en la frente,
ni la silueta que distingue al elegido, al esperado,
el hijo del hijo de la vaca primordial en el brazo.
Si han clavado alfileres en mi vudú, nada he notado.
Apenas cuento, en mi cartilla, con un esguince de tobillo
dos orificios en las orejas para colgar pendientes
y la marca de haber saltado una alambrada.
Gracias a la suerte,
a las Actas de Capitulación incondicional de Alemania
y a un ente en forma de viento fértil que estoy conforme en llamar Dios
estoy entera, de una pieza y en pie.

Pero mi alma es una torre de cáscaras de huevo.

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